1 de abril de 2017

Predica con el ejemplo

En una de mis presentaciones invitaba a los asistentes a que levantarán la mano aquellas personas que consideraban que pudieran dar mucho más en su trabajo, si tan solo su líder o la organización, reconociera más su trabajo y los tratara con respeto. A esta solicitud en todos los escenarios el 99% de los asistentes siempre levanta la mano, y curiosamente, el 1% que no lo hace está conformado por líderes que consideran que lo están haciendo bien. 

Seguramente, no se necesita ser experto para poner en práctica un sencilla regla empresarial experimentada por Henry Ford en 1914 cuando implementó la “motivación salarial” pagándole a sus trabajadores, casi el doble del promedio de otras empresas, logrando aumentos en calidad y productividad, además, disminuyó la rotación de personal, aumentó la retención del talento humano y mejoró la calidad de vida de sus empleados, llegando a ser víctima de cuestionamientos por establecer un salario mínimo y jornadas de 40 horas de trabajo.  

Sin embargo, algún lector critico pensará que eso funcionaba bien en esa época, pues, hoy las personas deben trabajar a presión, frase de moda en muchos escenarios que evidencia la orientación al logro pues la gente por cumplir hace hasta la imposible, pero, desafortunadamente, la empresa no se da cuenta que se está quedando corta de personal, hasta que empieza a aumentar el índice de incapacidades laborales por estrés. Así, que de la época de Ford a la presente encontramos que Howard Schultz, Presidente de Starbucks, decidió invertir la pirámide de importancia corporativa y decidió poner en primer lugar al personal, seguido de los clientes, y dejó en último lugar a los accionistas, argumentando que “no se pueden superar las expectativas de los clientes sin que se excedan las del personal”. 

De igual manera, empresarios como Bill Marriot con su máxima “nuestra gente es lo primero” o Richard Brenson quien recientemente propuso una medida que se convertirá en un hito en la gestión del talento humano, pues ofreció a un grupo de empleados que se estrenaban como padres, darles 52 semanas de licencia de paternidad y el 100% de sus salarios. Estos empresarios disruptores honran la premisa de Brenson “Si usted cuida a sus empleados, ellos se harán cargo de su negocio”. 

Aquí no se trata si teóricamente se utiliza la teoría X o Y de Douglas McGregor, o la Z de William Ouschi en la administración del personal, aquí lo verdaderamente importante, es tomar conciencia del potencial que tienen las organizaciones y que se desperdicia por la falta de calidez humana de sus líderes, e inclusive, de los mismos compañeros de trabajo, mermando la productividad y atentando contra la sinergia que propicia crecimientos sostenibles en el cumplimiento de los indicadores. 

Si eres el líder de un equipo o de una organización, abandona la fuerza y predica con el ejemplo, cree en ti mismo para que puedas inspirar a los demás comprometiéndolos en una meta común, pero, ante todo, reprograma tu comportamiento y aprende a saludar, sonreír, dar las gracias, y siempre, estar dispuesto a decir “en que te puedo servir”, ese será el mejor salario emocional que le puedes dar a un colaborador, así, ellos harán mucho por los clientes.

6 de febrero de 2017

Nuevas patologías

Hace poco visite una cafetería para pedir un café con leche, el propietario luego de tomar la orden se sentó a conversar conmigo por cerca de 15 minutos, la verdad fue un tiempo bastante tortuoso, pues, solo hablaba de situaciones negativas que iban desde el plebiscito hasta Trump. Al finalizar la bebida me despedí, pagando y alejándome lo más rápido posible para evitar que esa energía se me pegara. A la semana siguiente, me antoje de tomar lo mismo pero busque otro sitio. Al llegar hice el pedido y cuando me sirvieron, la empleada del lugar me dijo: ¿señor, se va a tomar el café solo?, es que acabaron de salir del horno unos croissants de queso, y están calienticos, ¿le provoca uno? A lo que antojado respondí, tráigame dos.

Ahora, ¿quién cree que vende más? Con seguridad en el segundo negocio, pues, la proactividad hace parte del ADN de quien me atendió, interesándose más en vender y que me sienta satisfecho, la primera por ser una persona negativa se convierte en un “quejólogo”, es decir, se lamenta por todo lo que pasa, sea bueno o malo. Algunos de esos quejólogo se vuelven “reclamólogos”, pues, buscan algo o a alguien contra quien emprender la justificación de sus reclamos, y en este grupo de patologías, aparece el “pronosticólogo” quien ante una situación de inconformidad se atreve a predecir los hechos como consecuencia de una queja o reclamo. Por ejemplo, salga de su casa y cuando esté haciendo buen clima, salude al portero diciéndole, “que buen día el de hoy”, a lo que es muy probable que respondan “pero, eso no dura mucho, ahora más tarde llueve, porque este clima está loco por el calentamiento global”.

Además de estas tres patologías: “quejólogo, reclamólogo y pronosticólogo, hay tres enfermedades adicionales que también aseguran la falta de actitud. El “excusólogo” es la antítesis más evidente de lo que quieren las empresas, gente que tenga interiorizada fuertemente la competencia de orientación al logro, pero, este personaje siempre se sale con las suyas porque a objeción presentada excusa inventada. Ahora, quien le lleva la contraria al “excusólogo” es el “todólogo” quien se caracteriza por hacer lo que le pongan dejando de hacer las tareas importantes, pues, es el más versado en cuento tema existe. Estos dos personajes siempre estarán acompañados de su inseparable amigo el “opinólogo” maestro de cualquier área, ciencia o tarea, este avezado personaje opina de lo que no sabe con una propiedad que convence a cuanto incauto establece un dialogo con él.

Estas enfermedades se enfrentan con la aplicación del siguiente antídoto, que no es una formula medica pero le salvará de padecer estas graves enfermedades. Se trata de: (C + H) x A. Donde las variables “C” y “H” están entre paréntesis, siendo la “C” los conocimientos y la “H” las habilidades, estas dos variables suman, y hasta ahí no hay mayor diferencia entre unos y otros, pues, las personas no son valoradas por lo que conocen o saben hacer. Por eso, fuera del paréntesis está la “A” que representa la actitud, porque su función es multiplicar o potencializar la “C” y la “H”, y ahí es donde radica la diferencia entre unos y otros.

¿De qué sirve conocer mucho o saber hacer las cosas si tu actitud frente a los demás es displicente, arrogante, de mal humor y ni los saludas?, las personas que quieran combatir las mencionadas patologías, deben imperiosamente implementar en sus vidas el antídoto ganador para evitar perder su energía y hacer la diferencia transmitiendo a otros su carisma, su entusiasmo, y especialmente, lo mejor que tienen a quienes los rodean. Así que a practicar y poco a poco lo lograrás: (C + H) x A.