Las últimas semanas, gracias a esta oportunidad de trabajar en casa, en
familia, he notado que cada noche antes de dormir retumba en mi cabeza la misma
frase, una y otra vez, pues, Samuel está en la etapa de la curiosidad y si en
el día me pregunta ¿y por qué? unas diez veces, me quedo corto.
Hace poco, coloreábamos los números y le decía evita salirte de la
línea, preguntándome ¿y por qué?, pues, porque se verá mejor, ¿y por qué?,
porque te vas a ganar una carita feliz, ¿y por qué?, ya sabes, tu eres muy
ordenado, llegando un momento en que puso a prueba mi creatividad para atender
sus preguntas cada vez más curiosas.
Este genial proceso permite a los niños fortalecer su desarrollo
cognitivo para comprender el mundo. Sin embrago, esta función, al parecer, con
el paso del tiempo queda en el olvido, pues, suponemos que al crecer, lo
sabemos todo, es como si la curiosidad estuviera asociada a la edad, y los más grandes
científicos, de avanzada edad han encontrado soluciones transformadoras de la
humanidad.
Esa pregunta mágica debería estar a la orden del día en servicio al
cliente, pues, es necesario ir a la causa raíz, esa que en muchas ocasiones
obviamos porque ya se le dio solución al problema del cliente, pero, se sigue
repitiendo una y otra vez. Un ejemplo, está en la carta de un cliente a una
marca de automóviles que se quejaba porque su vehículo no funcionaba cuando
compraba helados de vainilla.
Esa carta llegó a manos del presidente que envió un ingeniero para
analizar la queja. El ingeniero y el cliente, fueron a la heladería y pidieron el
sabor a vainilla y el auto, efectivamente, no funcionó. Luego regresaron tres
noches seguidas. La primera, eligieron sabor a chocolate y la segunda a frutilla
y el auto arrancó. La tercera, fue el turno del helado de vainilla, y el auto
no funcionó. El ingeniero, se resistió a creer que el auto tenía alergia al
helado de vainilla e inicio su sesión de ¿y por qué?
Empezó a registrar datos y encontró que el cliente demoraba menos
tiempo comprando helado de vainilla que de otro sabor. La respuesta estaba en
la ubicación de la nevera. El de vainilla, como se vendía más estaba en la entrada.
Los otros sabores, estaban al fondo y eso demandaba más tiempo. Entonces ¿por qué
el auto no arrancaba cuando se demoran menos en la compra? Así que, el tiempo
pasó a ser el problema, y no el helado de vainilla.
Como el tiempo de compra del helado de vainilla era menor, el motor no se
enfriaba y los vapores del combustible no se disipaban, impidiendo un arranque instantáneo.
A partir de ese episodio, cambiaron el sistema de alimentación de combustible
solucionando el problema para siempre. Al final, la ensambladora exigió a sus
colaboradores que tomarán en serio hasta las reclamaciones más extrañas,
"porque puede ser que una gran innovación, este por detrás de un helado de
vainilla", decía el comunicado.

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